Camino a las estrellas (Path to the Stars Spanish edition): mi recorrido de Girl Scout a ingeniera astronáutica

Camino a las estrellas (Path to the Stars Spanish edition): mi recorrido de Girl Scout a ingeniera astronáutica

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Una familia cariñosa, un vecindario repleto de niños y una mamá que cantaba todo el día… Sylvia Acevedo amaba todo lo que tenía en la vida. Un día se enfermó su hermanita, y todo cambió.

Mientras su familia luchaba por salir adelante después de esa devastadora enfermedad, la vida de la pequeña Sylvia se transformó cuando ingresó a las Brownies. En Girl Scouts le enseñaron a crear sus propias oportunidades. La ayudaron a planificar su futuro y alimentaron su amor por los números y la ciencia.

Con renovada seguridad, Sylvia navegó a través de las diferentes expectativas culturales de su escuela y su hogar, abriéndose su propio camino hasta convertirse en una de lxs primerxs latinx en obtener una maestría en ingeniería de la Universidad de Stanford y en una de las pocas ingenieras astronáuticas en el Laboratorio de Propulsión a Chorro de la NASA.

¡Disponible en español y ingles!

Sylvia Acevedo es actualmente la Directora Ejecutiva de Girl Scouts de Estados Unidos. Su inspiradora historia, contada con calidez y perspicacia, alienta a los lectores a soñar en grande y a convertir sus sueños en realidad.

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  • Format: Paperback

  • ISBN-13/EAN: 9781328809575

  • ISBN-10: 1328809579

  • Pages: 352

  • Price: $8.99

  • Publication Date: 09/04/2018

  • Carton Quantity: 24

  • Age(s): 10,11,12

  • Grade(s): 5-7

Sylvia Acevedo
Author

Sylvia Acevedo

Sylvia Acevedo is a rocket scientist and award-winning entrepreneur who served on the White House Commission for Educational Excellence for Hispanics and is currently the CEO of the Girl Scouts of the US. Visit her online at sylviaacevedo.org and on Twitter @SylviaAcevedo.  
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  • excerpts

    Capítulo 1

    Nací a la sombra del Monte Rushmore

    Mi papá no era muy bueno contando historias. Le gustaban los hechos y la información. Si le preguntaban acerca de la Revolución Mexicana o sobre el punto de congelamiento del agua, podía hablar todo el día, y sonaba adulto e importante, como los hombres que dan las noticias en la televisión. Mi mami era la cuentista de la familia, siempre que el tema fuera la gente. Yo creía que ella conocía a todas las personas del mundo; quiénes eran sus familiares, de dónde venían, lo que hacían todo el día. 

         Sin embargo, mi papá se sabía una historia que siempre me encantaba escuchar. 

         —¡Papá, cuéntame la historia del hospital! —le rogaba yo. A veces tenía que insistir un par de veces, pero siempre terminaba por levantar los ojos de su libro. 

         —El hospital —repetía con un tono de voz amable—. Pasaba por ahí todos los días, pero nunca había entrado. No estaba lejos de la Base de la Fuerza Aérea Ellsworth, donde vivíamos y donde yo estaba estacionado en Dakota del Sur, a menos de una hora del Monte Rushmore —comenzaba su narración. 

         Siempre empezaba hablándome de sus días en el ejército. Mi papá se sentía orgulloso de haber prestado servicio en el ejército, así que parte de su historia era acerca de cómo había ingresado a la institución después de la guerra de Corea, como teniente de la Artillería de Defensa Aérea. 

         —Tu hermano Mario ya tenía dos años —continuaba mi papá, llegando por fin a la parte importante de la historia. Cuando nos dimos cuenta de que el nuevo bebé estaba a punto de nacer, llevé a tu mami al hospital. Entramos todos, incluso Mario. La enfermera me dijo que a tu mami todavía le faltaba un buen rato para dar a luz, así que podía irme y regresar más tarde. Entonces me fui a casa, en la base, y dejé a Mario con un vecino. Cuando volví al hospital me dijeron que todavía iba a pasar un rato antes de que pudiera ver a tu madre. 

         En aquel tiempo, los padres se quedaban en la sala de espera mientras nacían sus bebés, y a los recién nacidos por lo general los llevaban a los cuneros, no los dejaban con sus madres. Pasó un largo rato antes de que una enfermera saliera a decirle a mi papá que mi mami estaba bien, pero que estaba dormida. También le dijo que ya podía ver a su bebé. 

         Cuando mi papá llegó a los cuneros, miró a través de una gran ventana y vio filas de cunas de metal con ventanas laterales de plástico transparente no mucho más grandes que un diminuto recién nacido. Algunos bebés tenían el cabello rubio, algunos lo tenían castaño y otros no tenían nada de pelo. Y casi todos eran de piel clara. Solo había un bebé con el cabello bien oscuro. 

         —¡Esa era yo! —me apresuraba a decir—. No tenía ni un día de nacida. 

         Yo sabía que para mi papá no había sido difícil identificarme entre todos los bebés, porque me parecía a él, aunque él fuera un hombre adulto en uniforme militar y yo fuera una pequeña bebé envuelta en una cobijita blanca. Él supo al instante que yo era su bebé. Y estoy segura de que yo también supe al instante que él era mi papá. 

         Mi papá asentía y a veces hasta sonreía. Yo esperaba que dijera algo más pero, casi siempre, su nariz volvía a clavarse en el libro. 

         Siempre me emocionaba mucho escuchar esta historia, pero con los años llegué a entender lo que había significado para mi mami vivir en Dakota del Sur. La familia de mi papá era de México, pero él había crecido en Texas. Había realizado todos sus estudios, incluida la universidad, en Estados Unidos, y hablaba muy bien inglés. Acababa de graduarse y estaba cumpliendo con su compromiso militar ROTC como oficial estacionado en Dakota del Sur. Iba todos los días a su trabajo en el batallón de misiles que protegía la Base de la Fuerza Aérea Ellsworth. 

         Mi mami, en cambio, había crecido en Parral, México, en el estado de Chihuahua, y no entendía ni una palabra de inglés. Los vecinos le regalaron ropa de bebé y gruesos abrigos para resistir el brutal invierno de Dakota del Sur, pero ninguno hablaba español. Mi papá pasaba la noche fuera de casa con frecuencia y ella se quedaba sola con dos niños pequeños. 

         Recuerdo a mi mami cantándonos una canción sobre un marranito mientras contaba nuestros dedos de las manos y de los pies. A Mario y a mí nos encantaba tener toda su atención puesta en nosotros y a ella le encantaba jugar con nosotros y hacernos reír. Pero no había adultos con los que pudiera conversar, excepto mi papá. 

         Hasta el paisaje era muy diferente a lo que mi mami estaba acostumbrada: colinas llenas de árboles y llanuras onduladas en lugar de un desierto salpicado de cactus y plantas espinosas. Los veranos eran muy calientes, con moscas negras revoloteando por todas partes. Los inviernos eran helados. Lo único que era igual eran las estrellas. 

         A mi mami no le gustaba quejarse, pero debió sentirse muy sola. La embargó la alegría cuando al cabo de dos años finalizó el periodo de servicio de mi papá y lo licenciaron del ejército. Ahora podíamos mudarnos libremente a otro lugar. 

         Mis padres empacaron todas nuestras cosas en su Ford beige de 1955 y manejaron mil millas hacia el sur, hasta Las Cruces, Nuevo México. Llegamos a vivir con la tía Alma, la hermana mayor de mi papá, y su familia, los Barba: Uncle Sam Barba y mis primos Debbie, Cathy y Sammy. No sé por qué llamábamos a mi tía “tía” pero a mi tío “uncle”, en inglés. Así lo hacíamos y punto. Mi abuelita Juanita, la madre de mi padre, también vivía con los Barba. Cuando nos mudamos con ellos, Mario tenía cuatro años y yo, dos. 

         Recuerdo, desde el primer día, el cotorreo de los adultos platicando en español; un remolino de palabras, canciones, discusiones, cuentos y risas, con mi madre de alguna manera siempre en el centro de la interacción. Mis primos hablaban una mezcla de inglés y español, pero Mario y yo solo hablábamos español por aquel entonces. 

         Recuerdo el desayuno en la sala de estar, sentada a la mesa con Mario y mis primos, cada uno con su pequeño vaso de jugo y su plato hondo de cereal. Mario y yo dormíamos en esa misma h...

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